Sirve esa efeméride, la del centenario de la muerte de Mark Twain, para celebrar el nacimiento de este blog. Espero que les guste. Nace sin pretensiones, sin pensar en crear una enciclopedia de la historia del billar. Pero sí recrearnos en un deporte con gran tradición, con un juego que se remonta a siglos atrás. Y una trayectoria en la que todos aportan en mayor o menor medida. Ahí me gustaría contar con su apoyo. Muchos son los clubes que se enorgullecen con estampas en blanco y negro que adornan sus paredes, con sus grandes jugadores, con días pasados que se han quedado en la memoria colectiva. Aquí, poco a poco iré incluyéndolas para que todos podamos disfrutarlas. Así que gracias de antemano. Todo el que quiera participar, envíe, por favor, la fotografía y un pequeño texto explicativo a mi dirección de correo: gonzsoria@gmail.com

Para empezar, nos vamos al Madison Square Hall, en Nueva York. Allí era asiduo Mark Twain, el escritor estadounidense conocido mundialmente por sus personajes Tom Sawyer y Huckleberry Finn. Aunque Samuel Langhorne Clemens, como realmente se llamaba, disfrutaba mucho más tiempo del billar en su casa, donde contaba con una sala específica para practicar. Aunque disfrutar no es que lo hiciera mucho. "El juego del billar", confesaba allá por 1906, "ha destrozado mi talante de natural dulce". Pero claro, hay que tener en cuenta que Twain era un reconocido humorista. Sólo hay que repasar un fragmento de su autobiografía, que humildemente he traducido de su original en inglés (aunque existe edición en español llevada a cabo por Espasa-Calpe en 2004). Así que pido disculpas si hay alguna incorrección.
"Me pregunto por qué un hombre prefiere una buena mesa de billar a una mala; y por qué prefiere un taco recto a uno torcido; y por qué prefiere bolas redondas a agrietadas; y por qué prefiere una mesa nivelada a una inclinada; y por qué prefiere un taco que sea sensible a los fallos que otro insensible.
Me pregunto esas cosas porque cuando examinamos esta cuestión, encontramos que los puntos esenciales que rodean a los billares son completa y exhaustivamente suministrados por un mal equipo de billar que cuando es el mejor. Una de las esencias del billar es la diversión. Muy bien, si hay algo más divertido, al elegir un equipo u otro, los hechos van en favor del equipo malo. El equipo malo siempre facilitará un 30 por ciento. Es más divertido para jugadores y espectadores que un equipo bueno.
Otra esencia del juego es que el equipo permite a los jugadores practicar su mejor habilidad, y demostrarlo para conseguir la admiración de los espectadores. Muy bien. No hay nada detrás del mal equipo que de uno bueno en este aspecto. Es una cuestión difícil estimar correctamente las excentricidades de las bolas agrietadas y una mesa inclinada, ser indulgentes con ellas y asegurar un recuento. El mejor tipo de habilidad es requerido para lograr el resultado satisfactorio.
Otra esencia del juego es que añadirá al interés del juego el facilitar oportunidades para apostar. Muy bien, en esta consideración, el equipo que no es bueno puede reclamar ventaja sobre uno bueno. Sé, por experiencia, que un mal equipo es tan valioso como el mejor; que un equipo que no podría ser vendido en una subasta ni por siete dólares es tan valioso para todas las esencias del juego como un equipo que vale mil.
El pasado invierno, aquí en Nueva York, vi a Hoppe, Schaefer y Sutton y otros tres o cuatro campeones de billar de fama mundial compitiendo entre ellos y, ciertamente, el arte y la ciencia que desplegaron fue una maravilla para contemplar; pero no vi nada allí en el camino de la ciencia y el arte que fuera más hermoso que las tacadas que había visto a Texas Tom hacer en la superficie ondulada de los pobres viejos restos del naufragio en el saloon deteriorado de Jackass Gulch cuarenta años atrás".

Imágenes: Biblioteca del Congreso de Grabados y Fotografías - http://www.twainquotes.com
Texto original en inglés:
"I wonder why a man should prefer a good billiard-table to a poor one; and why he should prefer straight cues to crooked ones; and why he should prefer round balls to chipped ones; and why he should prefer a level table to one that slants; and why he should prefer responsive cushions to the dull and unresponsive kind. I wonder at these things, because when we examine the matter we find that the essentials involved in billiards are as competently and exhaustively furnished by a bad billiard outfit as they are by the best one. One of the essentials is amusement. Very well, if there is any more amusement to be gotten out of the one outfit than out of the other, the facts are in favor of the bad outfit. The bad outfit will always furnish thirty per cent. more fun for the players and for the spectators than will the good outfit. Another essential of the game is that the outfit shall give the players full opportunity to exercise their best skill, and display it in a way to compel the admiration of the spectators. Very well, the bad outfit is nothing behind the good one in this regard. It is a difficult matter to estimate correctly the eccentricities of chipped balls and a slanting table, and make the right allowance for them and secure a count; the finest kind of skill is required to accomplish the satisfactory result. Another essential of the game is that it shall add to the interest of the game by furnishing opportunities to bet. Very well, in this regard no good outfit can claim any advantage over a bad one. I know, by experience, that a bad outfit is as valuable as the best one; that an outfit that couldn't be sold at auction for seven dollars is just as valuable for all the essentials of the game as an outfit that is worth a thousand. ... Last winter, here in New York, I saw Hoppe and Schaefer and Sutton and the three or four other billiard champions of world-wide fame contend against each other, and certainly the art and science displayed were a wonder to see; yet I saw nothing there in the way of science and art that was more wonderful than shots which I had seen Texas Tom make on the wavy surface of that poor old wreck in the perishing saloon at Jackass Gulch forty years before".
- Mark Twain's Autobiography, Chapters from the North American Review, November 1907